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Ser docente en tiempos de WhatsApp

Ser docente en tiempos de WhatsApp

Lic. María Zysman, para TELECOM

Quién se hubiera imaginado que los docentes daríamos clases haciendo videos para TikTok o leyendo cuentos a través de YouTube. La pandemia nos obligó a ser creativos, a cambiar nuestros modos de enseñar, a ampliar y abrir nuestras cabezas para llegar a los chicos y abrazarlos a través de pantallas.

“No le des tu número de teléfono a tus alumnos”, “no aceptes a tus estudiantes en tus redes sociales”, “dosificá tus tiempos de corrección o planificación”… cuántos consejos tuvimos que archivar a partir de marzo de 2020.

Quién se hubiera imaginado que los docentes daríamos clases haciendo videos para TikTok o leyendo cuentos a través de YouTube. La pandemia nos obligó a ser creativos, a cambiar nuestros modos de enseñar, a ampliar y abrir nuestras cabezas para llegar a los chicos y abrazarlos a través de pantallas.

Para estar presentes y acompañarlos inventamos recursos y –además– abrimos nuestras casas y nuestra intimidad. Conectados por Zoom dejamos ver a nuestras familias y nos encontramos más de una vez ante imprevistos tragicómicos como la aparición de nuestra mascota en cámara o nuestros hijos recién levantados en búsqueda de desayunos.

Los mensajes por WhatsApp con consultas o envíos de trabajos prácticos irrumpen en cualquier momento transformando nuestra vida en un continuo ejercicio del rol. Sentimos que no hay espacios libres de tarea, ni horarios o días para desenchufarnos. Las vacaciones fueron cortas e insuficientes y, en 2021, sumamos la presencialidad con sus idas y vueltas, con sus burbujas y sus barbijos.

¡Cuántas emociones nuevas! ¡Cuánta mezcla de sensaciones!

El desafío es enorme, constante y continuo. Estudiantes, directivos, docentes, profesionales y familias habitamos las redes de todos y la buena convivencia en ellas depende de nuestras decisiones.


¿Qué tenemos que decidir?

En primer lugar, qué compartimos. No nos ayuda postear permanentemente aspectos de nuestra vida personal, familiar o amorosa en las redes. Hay aspectos de nuestra vida que es mejor reservar para nosotros y nuestros allegados. Diferenciar qué es íntimo, qué es privado y qué es público -en la actualidad más que nunca- es fundamental.

No nos ayuda a sostener el vínculo docente-alumno mostrarnos con poca ropa o peleando con una amiga. Desdibuja los roles, dificulta que luego confíen en nuestras miradas para abordar problemas, confunde, distrae, corre el foco. Nos propone como modelos resaltando aspectos que tal vez no son coherentes con nuestras palabras. ¿Está mal sacarse fotos? No, claro que no. Pero es importante que pensemos si de verdad nos sirve mostrar todas las facetas de nuestra vida a los estudiantes. Tenemos la oportunidad de enseñar ciudadanía digital con nuestro ejemplo. Aprovechémoslo.

También tenemos que decidir cuándo es el momento de responder a la demanda de los chicos y sus familias y a las demandas institucionales. Poner límites de horario (“lo que recibo después de las 19 horas lo respondo al día siguiente” me dijo sabiamente una maestra) para cuidarse, es primordial. No podemos cuidar a otros si no estamos bien. Que las herramientas digitales estén siempre disponibles no significa que nuestras respuestas también deban estarlo.

Sería ideal utilizar en las redes cuentas específicas para la tarea docente y preservar las cuentas personales, armar grupos para cada curso y cada proyecto y cancelarlos después, tener más de una cuenta en Instagram o TikTok para poder configurar la privacidad de cada una acorde a los objetivos de uso.

Los docentes necesitamos cuidarnos. Y el cuidado implica reconocer nuestras emociones, diferenciarlas, comprenderlas, afrontarlas. Es esperable que nos sintamos agobiados y preocupados. Nosotros también necesitamos que nos sostengan y acompañen.

Para eso armar redes con colegas es maravilloso. Poder tener encuentros (sí, por Zoom) con otros y compartir lo que sentimos dejando la tarea de lado es sumamente oxigenante. Necesitamos aire, necesitamos que circule el aire. Y no sólo aquél que entra a las escuelas sino el nuestro, el personal. El que nos ayuda a vivir plenos, nutridos y en constante crecimiento.

Así, podremos acompañar mejor a nuestros estudiantes.

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