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Bullying y pandemia. Nuevos escenarios

Bullying y pandemia. Nuevos escenarios

Lic. María Zysman, para TELECOM

Hablar de bullying implica reconocer que no hay recetas infalibles, que ningún protocolo es 100% efectivo ni aplicable a cualquier institución de cualquier lugar del mundo.

Hace más de 25 años que me dedico a investigar la temática del bullying. Trabajo con niños, niñas y adolescentes, con docentes de todos los niveles, directivos, personal no docente, entrenadores deportivos, educadores no formales y familias; comunicadores, políticos y profesionales de la salud. Busco y construyo herramientas para prevenir, detectar e intervenir ante situaciones de hostigamiento entre pares.

Años de trabajo me permiten acercarme a los problemas con algunas certezas y, al mismo tiempo, ser consciente de las limitaciones y dificultades en el abordaje. Hablar de bullying implica reconocer que no hay recetas infalibles, que ningún protocolo es 100% efectivo ni aplicable a cualquier institución de cualquier lugar del mundo. Trabajar seriamente en la prevención del bullying supone conocer cada cultura y subcultura institucional que nos convoca antes de sugerir determinadas intervenciones.

Lo antedicho nos enmarca en la nueva realidad vincular de los niños y adolescentes de casi todo el mundo. Chicos y chicas en pandemia, buscando alternativas de encuentro e intercambio con sus pares no están exentos de verse involucrados en dinámicas de bullying.

Para no confundir términos ni utilizarlos en exceso (lo que nos quita especificidad y disminuye el éxito de nuestras intervenciones) definamos de qué hablamos cuando hablamos de bullying: Bullying significa hostigar, humillar, agredir (de manera simbólica, física o verbal) a un par que no logra responder de manera defensiva.  Para que exista vergüenza y humillación, las agresiones deben darse ante la presencia de testigos (más o menos activos/colaboradores) y lejos de la mirada adulta. O, mejor dicho, a pesar de cierta mirada adulta que por diversos motivos no interviene eficazmente para frenar el problema.

El bullying se construye cuando las agresiones son reiteradas, sostenidas a lo largo del tiempo, dirigidas siempre a la misma persona y, además, crecientes. Puede que surjan burlas o miradas en un primer momento y luego se llegue a agresiones físicas “en patota”, a exclusiones deliberadas en todas las redes sociales o denuncias en juegos en red.

Quien es victimizado por sus pares no es responsable de lo que sucede. Las causas del bullying no están en la víctima y detenernos ahí para explicar la situación sólo nos demora, y nos demora muchoNecesitamos descubrir qué es lo que despertó el odio, la rabia, la rivalidad en el otro. De qué espacio se valió el agresor para avanzar y qué huella dejó en el agredido. Qué factores pueden haber intervenido para que sea él el victimizado y no otro el “elegido”. También, descifrar las reacciones que pueden haber incentivado a que las agresiones se sostengan “divirtiendo” (en el peor de los sentidos) al grupo.

Tenemos que trabajar con todo el grupo, yendo muchas veces para atrás en la historia, entendiendo los sentidos que tiene para cada uno hacer lo que hace, pensar juntos nuevas estrategias de interacción, poner en palabras todo aquello que se vive, fomentar e inspirar empatía, contener, guiar, armar y desarmar vínculos.

En tiempos de COVID 19, se ha incrementado notoriamente el ciberbullying; el hostigamiento entre pares en edad escolar en entornos digitales. Se trata de humillaciones sostenidas a lo largo del tiempo en espacios mal llamados virtuales (¡lo que sucede en las redes es absolutamente real!) con efectos devastadores para la integridad de quienes los protagonizan.

La vergüenza y escarnio público vivido en una red (muchas redes ya que la posibilidad de compartir contenidos y pasar de una a otra red es inmensa) se incrementa notablemente. Ya no es el propio curso el testigo del papelón sino todos los contactos de los compañeros y los contactos de los contactos...y así hasta límites insospechados. Quienes comparten material humillante pueden hacerlo desde un supuesto anonimato, lo pueden hacer las 24 hs. de los 7 días de la semana los 365 días del año y al hacerlo se sienten mucho más desinhibidos que si estuvieran “cara a cara” por lo que las agresiones llegan a ser gravísimas.

El ciberbullying lastima, daña, deja marcas profundas. Construye una huella digital negativa no sólo de quien es agredido sino -también- de quien agrede. Todo lo que escribimos en las redes, los grupos que creamos, los likes que regalamos, dejan huellas para siempre. Son imposibles de borrar. Enseñemos a los chicos a elegir qué comentar, qué compartir, en qué causas colaborar. Enseñémosle a ser protagonistas de sus decisiones digitales.

El problema no es la tecnología o las redes en sí mismas sino el uso que los y las jóvenes le dan. Nuestro rol como adultos en la formación de ciudadanos digitales es indiscutible e irreemplazable. No sólo enseñamos a los chicos cómo comportarse en estos espacios ofreciendo sermones o charlas sino, fundamentalmente, con nuestro ejemplo.

Desconectémonos un rato, mirémonos a los ojos, posterguemos respuestas en nuestros chats, encontrémonos “con todo el cuerpo” cuando estemos con nuestros hijos y así, sólo así, podrán escucharnos de verdad.

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