¿Quién soy? ¿Cuál es el propósito de la vida? ¿Qué rumbo tomará la
humanidad? Sin duda estas son las preguntas existenciales por excelencia. Pero aquí no nos ocuparemos de ellas, no porque no merezcan la pena–de hecho llevamos siglos aproximando respuestas–, sino porque nos urgen algunas cuestiones más cotidianas sobre las que intentaremos reflexionar tan seriamente como sobre el
sentido de la vida.
En la habitación de un adolescente es frecuente encontrar dos o tres aparatos electrónicos encendidos al mismo tiempo. Los chicos pueden estar mirando la TV, haciendo la tarea en la computadora y chateando con el celular ¡todo a la vez!

La multitarea es una característica de los sistemas operativos, el software que utilizamos en nuestra computadora permite (y cada vez se busca optimizar más ese rendimiento) que tengamos varias ventanas y programas abiertos en simultáneo. Sin duda este modo de organización impacta en nuestros hábitos de trabajo, de lectura, de búsqueda y producción de información.

Pensemos cuántas veces resolvemos alguna situación mientras estamos ocupados en ‘otra cosa’: definimos qué cocinar en la cena mientras estamos en una reunión laboral, nos despertamos con la respuesta a un problema al que veníamos dándole vueltas, se nos ocurre qué escribir en respuesta a un correo electrónico mientras leemos la versión digital del diario…

Es evidente que ser “multitarea” no es un atributo exclusivo de la era digital: el ser humano ya poseía esa capacidad, pero sin duda las tecnologías potencian esos modos de operar. Los adultos crecimos con otras lógicas, pero para los nativos digitales es (y será) muy natural estar en varias cuestiones al mismo tiempo.

Te sentás, chequeas el correo, mirás alguna que otra foto en las redes sociales, lees los títulos de los principales diarios… ¡Ya está! ¿Qué más podés hacer en Internet?

Entonces te preguntás: ¿cómo puede ser que los chicos pasen tantas horas frente a la pantalla? Para empezar, en el mundo digital la percepción del tiempo se modifica radicalmente. Para nosotros, el tiempo es secuencial: en general se hace una cosa por vez y la mayoría de las acciones no son reversibles. En cambio, el tiempo virtual se experimenta como un proceso: se pueden hacer varias actividades al mismo tiempo y la mayoría pueden ser deshechas y vueltas a hacer. Con esta percepción crecen los chicos.

Las tecnologías también crean nuevas formas de socializar, producir y consumir que no necesitan de la presencia de los objetos, del dinero, ni siquiera de las personas. La comunicación se puede entablar sin estar presentes físicamente. Las horas que te pasabas al teléfono en tu adolescencia con tus compañeros del colegio, que tus padres con sorpresa observaban ( “¿pero no venís de ver a tus amigos?”), son el equivalente al chat, a compartir música e intereses en las redes, a jugar online, a subir textos, fotos y opiniones…

Las inquietudes, la búsqueda de identidad, la necesidad de comunicarse y declarar nuestros principios, tan propias de la pubertad y la adolescencia, hoy en día pasan (en gran medida) por Internet.

Cada vez que te acercas a ver qué hacen tus hijos frente a la pantalla, ¿todo cambia tan rápido que te perdés? Cuando tus sobrinos hablan sobre chismes en las redes sociales ¿te quedas sin entender la mitad de las palabras: ( “¿viste que tal bloqueó a tal?”, “¡Y que a fulana la etiquetaron con un hashtag vergonzoso!”)

¡A no desesperar! El hecho de que los chicos tengan habilidades para el manejo de las nuevas tecnologías y que puedan acceder a un montón de información no significa que nuestro rol de adultos se tenga que desdibujar. No hay que abrumarse, ni marearse con las cuestiones técnicas; en todo caso eso se podrá ir aprendiendo en la medida que acompañemos a los chicos en sus actividades. Por el contrario, la inmediatez del acceso a la información y la gran variante de fuentes y recursos requieren que los chicos sean formados en el pensamiento crítico y reflexivo, y esa es una función esencial que deben cumplir los adultos.

Transmitir criterios sólidos para que los chicos aprendan a relacionarse, a respetarse, y a evitar situaciones de agresión y de discriminación con las tecnologías, es una tarea fundamental que que corresponde a nuestro rol de los padres, tíos, o educadores.
Así como el mundo ya está dado para un bebe que nace, y es su familia y la escuela quién se encarga de socializarlo y adentrarlo en la cultura colectiva, lo mismo sucede con las TIC. La diferencia es que nosotros somos inmigrantes digitales y llevamos poco tiempo con ellas. La clave está en acompañar a los chicos desde pequeños en el uso de las tecnologías, asumiendo que no por ser hábiles con ellas tienen los conocimientos y las capacidades para autovalerse y sacar provecho de las mismas sin atravesar riesgos que desconocen. Si bien el mundo digital tiene sus particularidades y por eso algunas normas deben adaptarse, los principios ciudadanos por los que debemos guiarnos deben ser aquellos con los que nos manejamos siempre.

Aunque los chicos sean nativos digitales y se muevan con naturalidad en las redes, los adultos tenemos más experiencia de vida, y eso es fundamental a la hora de transmitirles criterios y valores para manejarse con responsabilidad.
Noticias increíbles, gente que recomienda servicios o productos que suenan más a publicidad que a testimonio, definiciones de conceptos o trabajos “pseudo académicos”… ¿cómo saber qué es confiable y qué no en la red?

Es que en Internet hay de todo. Y una de sus principales características es que se trata de una red abierta en la que cualquiera puede subir información. Esto es una gran ventaja, ya que resulta más democrático que otros medios, pero también implica ser más cuidados a la hora de seleccionar contenidos.

Algunos criterios que pueden servir son:

  • • Identificar la fuente. Buscar al autor o autores del contenido y conocer otras producciones. Si no hay autores pero encontramos la información en una página determinada, analizar el contexto: ¿Es una institución? ¿Es pública o privada?¿Cuáles son sus fines?

  • • Buscar enlaces de confianza. Así como en el mundo “offline” la confianza es transitiva– es decir, si alguien en quien confiamos nos recomienda a alguien de su confianza, seguramente trasladaremos esa percepción–, lo mismo sucede en la web. Si encontramos links de páginas confiables asociadas a la nueva información podremos asumir que dicha información es fiable.

  • • Contrastar la información. Siempre es bueno chequear los datos, corroborando con otras fuentes. En Internet esto se vuelve más sencillo: rápidamente podemos ver si hay “consenso” entre varios sitios sobre determinado tema. También puede ser útil comparar la información de la web con otro tipo de referencias como, libros, revistas o especialistas.

  • • Otras formas de validación. En la actualidad, existen muchos sitios que se preocupan por establecer mecanismos para que los propios usuarios califiquen contenidos, servicios o incluso personas. Así los votos o comentarios que los propios internautas realizan pueden servirnos de ayuda para formar nuestra propia valoración.


Aunque cada vez más presente, el ciberespacio es un entorno relativamente nuevo, y como tal carece de regulaciones suficientes. Ante el vacío legal que existe en la web, se hace más importante que seamos los ciudadanos quienes construyamos criterios sólidos y seguros..
Estamos ante una nueva forma de difusión de información en la que casi cualquiera puede convertirse en “famoso” si se lo propone. Ante este escenario conviene pensar: ¿Para qué?

Hablando en serio, las posibilidades de volver una opinión, una imagen o un evento “asuntos públicos” son técnicamente infinitas, pero precisamente por eso debemos seleccionar muy bien qué queremos dar a conocer de nosotros.

¿Probaron buscar su nombre en Google alguna vez? ¿Se sorprendieron con lo que hallaron?
Nuestra huella digital, todo lo que producimos en Internet, es casi un segundo Currículum Vitae, y, en este sentido, es importante que nos preocupemos y la construyamos a conciencia.

Si los adultos que llevamos pocos años activando en las redes tenemos tanta información asociada, imaginen los chicos en un futuro…

También es interesante abordar esta problemática desde la perspectiva del “derecho a la privacidad”: a tener el control, o establecer cuánto quiere cada uno que los demás conozcan de sí mismo.

Aquí les sugerimos algunos puntos que pueden ser útiles para debatir en familia y garantizar este derecho:

  • • Al postear o enviar algo por Internet, preguntarse: ¿con quién quiero de verdad compartir esto? ¿Podrían verlo también otras personas?

  • • Las cosas que se publican online pueden reaparecer en Internet después de muchos años. Antes de hacerlo conviene preguntarse: ¿esto podría perjudicarme cuando sea grande?

  • • Las redes sociales permiten regular los niveles de privacidad en los perfiles. Estas opciones son para decidir entre otras cosas, quién nos puede contactar, quién puede mirar y leer lo que posteamos, y quién puede agregar comentarios.

  • • Además de tomar recaudos personales, también conviene cuidar la privacidad de los demás: no publicar información personal y fotos de otros sin su consentimiento, no difundir ni apoyar la exhibición de imágenes íntimas de otras personas, sacar las fotos de otras personas si estas nos lo solicitan.
El celular, la compu, la TV… ¿Estaré ante una exposición excesiva a las pantallas?

En realidad no existe la adicción a Internet, pero el uso de las TIC, como cualquier otra actividad que se practique de forma excesiva o compulsiva, puede conllevar riesgos asociados. Habrá que estar atentos a:

  • • Que estar frente a la pantalla no se convierta en la única actividad impidiendo otras: dormir lo suficiente, hacer actividad física, tener salidas sociales.

  • • Que no se ponga en riesgo la salud, como cuando se mandan mensajes de texto mientras se cruza la calle, se daña la vista por la exposición al brillo de los monitores, o se generan contracturas musculares por pasar muchas horas sentado.

  • • Tener conciencia acerca de cuánto tiempo se pasa frente a la PC.

  • • Estimular otras opciones de búsqueda de información, intercambio y socialización alternativas, que Internet no se convierta en la única.

  • • Aprovechar el uso de las TIC: valorar aplicaciones interesantes (producciones artísticas, participación en foros temáticos, juegos educativos) por sobre las actividades repetitivas.
No podemos negarlo: hoy las TIC están presentes en todo momento y nos han facilitado muchas tareas. Pero precisamente por ello, porque habitamos, convivimos y realizamos tantas actividades en estos mundos virtuales, es que también encontramos situaciones conflictivas, problemas que solucionar y riesgos potenciales.

Algunas de las problemáticas que pueden aparecer son:

La exposición de datos personales: La publicación o el envío de direcciones postales, números de teléfono y/o de cuentas bancarias a desconocidos, implicando riesgos para la seguridad y la economía.

El Ciberbullying o ciberacoso entre pares: El conjunto de conductas hostiles que se producen en forma sostenida y deliberada por parte de un individuo o grupo, con la finalidad de producir daño a otro, a través de la utilización de las TIC.

El sexting: Una práctica, cada vez más frecuente entre adolescentes, que consiste en la producción de fotos, videos o sonidos en actitudes sexuales o con desnudos o semidesnudos que se envían de celular a celular o son publicados en Internet.

El grooming o abuso online: Existen adultos que utilizan Internet para contactar niños, niñas y adolescentes con la finalidad del abuso. Estos accionan con paciencia y generalmente desde identidades falsas, incitando a los chicos y jóvenes para que sean sus amigos, para ganarse su confianza y pedirles información comprometedora, como imágenes, videos o datos personales, para luego amenazarlos.

Todas estas problemáticas están presentes en ámbitos fuera de los entornos digitales, pero allí se potencian por el anonimato, la masividad y el alcance, volviendo más vulnerables a quienes las sufren. Prevenirlas es una responsabilidad de los adultos y para ello es necesario ayudar a los más chicos a reflexionar y construir criterios sobre aquello que realizan de forma natural y automática y que puede traer consecuencias indeseadas.